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lunes, 16 de agosto de 2010

'Paris pas cher' (Memoria de estancia II)

Panorama de la ciudad desde el parque de Belleville

Belleville y Montmartre: a vista de pájaro

Una visita a París no sería lo mismo sin admirarla desde las alturas. La alternativa a los 13 y 11 euros de las vistas desde la Tour Eiffel y la de Montparnasse es la basílica del Sacre Coeur, en la cima de Montmartre. A ella se sube a pie o mediante funicular (1,70 euros).

En el noreste se encuentra la otra colina que flanquea París y sobre ella el parque de Belleville (en el distrito 20), a donde muchos parisinos acuden a ver atardecer. Si es sábado podrá encontrar, además de un mercadillo, representaciones de teatro callejero y vecinos vendiendo porciones de gâteau au chocolat (pastel de chocolate) por 50 céntimos. Este barrio de tradición obrera que vio nacer a Edith Piaf cuenta cada día con más adeptos debido a su diversidad cultural y artística. La Rue Dénoyez, por ejemplo, es un santuario del arte del grafitti.

La Rue Dénoyez, un lugar para el arte callejero

Con las primeras luces, no muy lejos de Belleville, escogemos el Canal de Saint Martin para ir a cenar. Se llega a través la Rue des Récollets, en cuyos bares se puede improvisar un aperitivo francés pidiendo un kir cassis (vino blanco con licor de cassis) o un mónaco (cerveza con granadina). De entre las brasseries de alrededor de los muelles (quais), Le Valmy, con terraza en verano, sirve un esmerado confit de pato por menos de 15 euros.

Si nuestro presupuesto es más ajustado siempre cabe la posibilidad de alternar por los bares más baratos de la calle de moda: Oberkampf, partiendo del metro Parmentier, o planear un picnic nocturno y clandestino a los pies de la Torre Eiffel.

Incluso es posible cenar gratis en el café Babel (Boulevard de Ménilmontant, 109): los jueves cada consumición incluye el típico moules et frites (mejillones con patatas fritas) y los viernes cuscús.

Sin abandonar el canal, el club Point Ephemère programa sesiones de música electrónica, a lo que la Favela Chic (Rue du Faubourg du Temple, 18) añade ritmos brasileiros. Para una copa más tranquila, la Rhumerie del boulevard de Saint-Germain, con más de 75 años de historia antillana, dispone de múltiples variedades de ron desde los cinco hasta los ocho euros. Un bon marché teniendo en cuenta que en París un combinado en una discoteca ronda los 12 euros.

* Texto y fotos: Cristina Álvarez Cañas

'Paris pas cher' (Memoria de estancia I)

La Torre Eiffel desde Montmartre

Diez meses sin parar en París. De norte a sur y de este a oeste. La huella de la estancia física -aunque este blog no se refiera a estancias físicas-. Algunas recomendaciones, para no gastarse demasiado dinero durante una escapada, en este reportaje publicado originariamente en OchoLeguas.com (El Mundo.es)

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En francés no existe la palabra barato y muchos pensarían que en París tampoco. Caprichos idiomáticos. Directamente se hace uso de la expresión pas cher -que quiere decir no caro-, o si no del binomio bon marché -que significa algo así como ganga-. Demasiadas películas, libros y fotografías remiten al mito intangible construido alrededor de París que, como si fuera un maniquí de pret à porter, vive encorsetada en su imagen de lujo y opulencia.

Rastrear rutas más asequibles que el gran París de los Campos Elíseos puede ser muy gratificante. Sobre todo cuando uno visita la capital de Francia en estos tiempos ajustados y ha de atribuirse las palabras que Ernest Hemingway acuñó en su etapa parisina: «Éramos pobres pero muy felices».

Precisamente este recorrido comienza en la casa en la que el escritor de Illinois habitó en 1922. Ese número 74 de la calle Cardinal Lemoine nos conduce inmediatamente a la plaza Contrescarpe, a la que deja atrás en uno de sus extremos la larguirucha Rue Mouffetard. Una callejuela llena de comercios cuyo nombre deriva de la palabra mofeta. Pero allí todos los olores son buenos y algunos despiertan el estómago. Provienen de Chez Nicos, un pequeño establecimiento donde probar sus excelentes galettes (crêpes salados) por menos de cinco euros, como la que combina queso de cabra, patata y champiñones (4,5 euros).

Hora de cenar en la Rue des Canettes

Las crêperies están por todas partes. Recomendamos la animada Rue des Canettes, en Saint-Germain-de-Près. Una vez allí, se puede aprovechar y entrar gratuitamente en la Iglesia de Saint Sulpice para contemplar los frescos de Delacroix. Sin abandonar la zona, en la Rue de Seine, se encuentra la mejor heladería de París, Grom, que compite discretamente con las afamadas Berthillon y Amorino. Si se ha optado por seguir las huellas literarias del Barrio Latino, la próxima parada será la librería Shakespeare & Co, con ejemplares de segunda mano a buen precio entre las mismas paredes que en su día sirvieron de refugio a escritores de la Generación Perdida.

El interior de Shakespeare & Co invita a la lectura relajada


Le Marais: a las puertas de la Bastilla

Cruzando el Sena por el puente de Saint Michel se deja a la derecha la Catedral de Notre Dame rumbo a Le Marais, antigua zona pantanosa hoy convertida en núcleo de las comunidades homosexual y judía. Nuestro objetivo ahora es conocer el Museo Carnavalet. La historia de la ciudad desde sus orígenes romanos queda retratada a través de un legado que incluye piezas de mobiliario, artesanía y otras obras de arte. Y tampoco habrá que rascarse el bolsillo para entrar.

Ajetreo diurno en las calles de Le Marais

Si aún no se ha comido, en Chez Marianne (Rue des Hospitalières, 2) por un menú degustación asquenazí para dos personas pagaremos 26 euros. Y para disfrutar del postre -que bien podría tratarse de una delicatessen de la pastelería judía Murciano en la calle Des Rosiers- nos reservamos el paseo bajo los soportales de la Plaza de los Vogues, la más antigua de París. Además de curiosear por sus galerías de arte, en el número 6 se esconde la casa-museo donde vivió el escritor Víctor Hugo, que también es posible visitar sin desembolsar un euro.

Puede ser que tanto caminar haya hecho mella en nuestros pies y necesitemos un descanso. Atravesaremos de nuevo el río hacia la orilla izquierda para llegar al Museo Rodin. Por un euro (ver el museo completo cuesta 6) podremos acceder a sus jardines y contemplar, entre otras, la escultura de El Pensador mientras desde el césped se disfruta de las vistas a la cúpula de Los Inválidos.


Los jardines del Museo Rodin, uno de sus mayores reclamos

sábado, 1 de mayo de 2010

'La silla de Fernando'

La vieja mercería de aquel pueblo de la sierra madrileña se llamaba París, como queriendo significar una pequeñísima mirilla hacia Europa. Es esa una de las primeras secuencias de 'El extraño viaje', un guiño del director al espectador para mostrar lo que la capital de Francia evocaba en aquella España en blanco y negro.

En el auditorio, a oscuras, al tiempo que en pantalla aparecía el luminoso de París junto al gesto pacato de la actriz Mª Luisa Ponte -cuyo personaje es el dueño de la mercería y guardián de la moral y las buenas costumbres en el lugar- se escuchaba también un unánime coro de sonrisas.

La película, de 1964, estaba incluida dentro del ciclo que el pasado mes de noviembre el Instituto Cervantes de París dedicó a Fernando Fernán Gómez. Para una expatriada en la capital de Francia, después de trabajar en una soberbia colección sobre los acontecimientos históricos de los últimos 70 años en España, aquello era como volver a casa.

Lo fue, no sólo en sentido figurado. Allí me encontré a Enrique Camacho, director del centro, con quien Juan Carlos Laviana -director adjunto de 'El Mundo'- había tratado en Madrid para hacer llegar aquellas colecciones a las sedes de todo el mundo.

Durante nuestra charla, se mostró entusiasmado con todo el trabajo. Me contagió. Cuando en un periódico no perteneces a la edición diaria pierdes la perspectiva. Te crecen telarañas y acabas instaurándote en otra realidad, en otro siglo, en otra época.

En noviembre de 2009 se cumplieron dos años del fallecimiento de Fernando Fernán Gómez y aquella muestra reunía otras películas como 'Mi hija Hildegart' (1977) o 'El viaje a ninguna parte' (1986). La retrospectiva se cerraba a través del visionado de 'La silla de Fernando', un documental que David Trueba y Luis Alegre rodaron en 2006.

Durante la entrevista, Fernán Gómez se retrata a sí mismo en un sincero vis-à-vis donde se descubre a un hombre hecho a sí mismo: polifacético, contradictorio, culto y con gran sentido del humor. Una enorme figura de la que todo país le gustaría presumir.

Habla de España, "a la que ama y desconoce" por igual, con cierta distacia. Reconoce que en "aquel momento" apoyó el golpe franquista porque "lo otro le parecía una barbaridad". Su posterior trayectoria ha corroborado una postura vital más allá del lastre de las dos españas, estigma del que, sin embargo, aún hoy no escapa la cultura oficialista.



"Ni ese color de pelo ni esos ojos son de español", en alguna ocasión le recriminaría más de uno en tono de humor.

* Extracto del documental de David Trueba y Luis Alegre 'La silla de Fernando' (2006).

** Texto: Cristina Álvarez Cañas

sábado, 13 de marzo de 2010

Des américaines à París: Lila Downs


Cuando Lila Downs (Oaxaca; México, 1968) canta la versión de 'Perhaps, Perhaps, Perhaps' popularizada por Nat King Cole, a ojos desconocidos, es una expatriada que vive en Nueva York. Pero cuando entona 'La cumbia del mole', de cosecha propia, representa la voz de su comunidad indígena -los mixtecos- de Oaxaca, donde reside en periodos invernales como ahora.

Es la cara y la cruz de llevar un apellido yanqui, aunque a diferencia de muchos otros artistas crecidos a caballo entre norte y sur, ella mantiene las dos identidades con pulcritud, sin que una contamine a la otra para desgracia de esa tercera vía llamada spanglish. "Mi vida ha sido un intercambio de culturas un poco doloroso por cuestiones políticas pero enormemente rico porque el origen indígena de mi madre le da mucho sabor a mi familia", afirma con orgullo al otro lado del hilo telefónico.

La suya es una existencia tan casual como extraordinaria de la que tuvo culpa un ave migratoria. "Mi padre era cineasta y biólogo. Él seguía un pato que emigra de Canadá a la península del Yucatán y así es como conoció a mi madre, que cantaba en un lugarcito donde él se enamoró".

Sin embargo, su primer disco en directo, que ahora presenta en nuestro país, no lo ha grabado ni en México ni en Nueva York sino en París, y se forma por 15 temas escogidos "bajo el criterio exclusivo del público". 'En París' -la gira y el álbum- es un carnaval multicultural y multiinstrumental formado por nueve experimentados músicos de diferentes nacionalidades entre los que figura Paul Cohen, marido y supervisor de la carrera de Lila.

En él, esta versátil artista recoge parte de su ya extenso currículum -tiene seis discos de estudio- con un arropo masculino -todos son hombres- que subraya su atractivo azabache de hechicera ancestral: "No creo que la tradición esté reñida con la sensualidad. En Occidente se cree que si una chica porta trenzas no es sensual, pero en las montañas de Oaxaca o del Michoacán a los hombres les encantan»", afirma la misma mujer cuya necesidad biológica de ser madre se vio frustrada hace cuatro años.

El empujón para salir de aquel bache se lo dieron su compañero sentimental y sus amigos, entre los que están Bunbury y LaMari de Chambao. Ambos participaron en 2009 en su disco 'Ojo de culebra', nominado a un Grammy, que le propulsó dentro del mercado estadounidense. Allí el término latino y sus escisiones musicales se diluyen en la propia reinvención de la palabra para poder resumir una realidad compleja que supera al reino de Obama. Ella se posiciona al respecto: "No creo que la concepción de lo latino nos afecte negativamente, aunque a veces se utilice de manera política".

Ahora se divide -como de costumbre- entre norte y sur, con un proyecto para Broadway y, sobre todo, un disco de mariachis, a sabiendas del aluvión de críticas venideras por parte de quienes le reclaman su lado contestatario e indígena: "Tengo la oportunidad de hacer algo que me apasiona y, aunque haya voces disconformes, lo voy a hacer". Lo dice con tanta amabilidad y dulzura que su tono de voz lima la contundencia perpetrada por escrito. Chavela Vargas le ha cedido oficialmente el testigo; si no canta ella mariachis, ¿quién lo va a hacer?



* Entrevista por Cristina Álvarez Cañas para Metrópoli (El Mundo), 12 de marzo de 2010.